Pegados a una pantalla

Ya nadie se sorprende demasiado de que los regalos más vendidos en Navidad sean todo tipo de aparatos electrónicos con pantalla y, evidentemente, los indispensables videojuegos. Dejando a un lado los casos con problemas económicos verdaderamente serios, hay muy pocas familias que no tengan en casa como mínimo uno de estos dispositivos. ¡Lo que sí sorprende todavía a mucha gente es la gran facilidad con la que los más pequeños los manejan! En algunos casos incluso antes de aprender a leer, muchos niños y niñas son capaces de poner en marcha un teléfono móvil o una videoconsola y, en un plis-plas, descubrir todos sus detalles de funcionamiento. ¿Y cómo es que los adultos siempre hemos tenido que pasar horas leyendo los manuales de instrucciones cada vez que hemos comprado cualquier aparato nuevo?

Sin duda hay muchas opiniones diversas sobre la fascinación que causan todos estos productos en los niños y niñas, que pueden pasarse horas “pegados” a un juego sin acordarse de si es hora de comer o si es de día o de noche. Muchos padres y madres nos esforzamos en controlar sus horarios de juego y en introducir nuevas actividades en su tiempo libre. “¿Cómo lo hacíamos antes sin móvil? ¿A qué jugábamos de pequeños en nuestro tiempo libre?” Nuestros hijos no pueden ni imaginar una infancia como la que nosotros vivimos, sin Nintendos, PSPs, Wiis, Plays, etc., ¡¡¡y ya ni hablemos con tan sólo dos canales de televisión!!!

Como siempre, no obstante, quizás nos preocupamos demasiado. ¡Si nosotros tuviéramos su edad actualmente sin duda haríamos lo mismo y nos sentiríamos atraídos por las mismas cosas! ¿No sería posible que, a pesar de todo, todos estos “inventos” les estuvieran aportando algo positivo? ¡Yo me quedo verdaderamente boquiabierta viendo los reflejos que tiene mi hija de 9 años para superar los distintos niveles de cualquier videojuego! ¡Sin avergonzarme lo más mínimo, reconozco que a mí me cuesta muchísimo coordinar los movimientos de los dedos en los mandos mientras al mismo tiempo vigilo los obstáculos que aparecen en todas direcciones en la pantalla! Y no me tengo por una persona negada… Pero ¿de qué me sirven unos estudios universitarios, la facilidad para los deportes o cualquiera de las que considero mis cualidades a la hora de ganar una partida de estas?

Y es que las nuevas generaciones, como ha sucedido a lo largo de la evolución humana, han ido desarrollando nuevos procesos cognitivos como respuesta a los nuevos estímulos que reciben. De alguna manera, eso de “parece que lo lleven en la sangre” se confirma según la teoría ampliamente demostrada del biólogo inglés Rupert Sheldrake, que afirma que si en una especie determinada (mineral, vegetal, animal o humana) un número suficiente de individuos adquiere un conocimiento específico mediante un aprendizaje concreto, el resto de individuos de la especie se hace más receptivo a ese conocimiento, es decir, puede adquirirlo con más facilidad e, incluso, de manera espontánea. Así, ¡podríamos decir que los niños y niñas de hoy en día llevan impresa en su ADN la facilidad de utilizar este tipo de aparatos!

La buena noticia es que los videojuegos (y, en general, la tecnología y las redes sociales) no son tan perjudiciales como podríamos pensar (dejando a un lado, obviamente, todos los que hacen uso de cualquier tipo de violencia). Como sucede con la mayoría de cosas, no hay nada completamente “bueno” ni completamente “malo”; sólo se trata de encontrar el equilibrio… Personalmente no soy una defensora de este tipo de juegos y debo decir que a diario me enfrento a la dificultad de “despegar” a mis hijas de una pantalla o de otra, pero creo que los niños y niñas de hoy están desarrollando determinadas habilidades que sin duda les resultarán útiles en áreas de la vida que quizás ahora somos incapaces de imaginar.

Aprovecho para compartir contigo una entrevista realizada en el programa “Redes” por Eduard Punset a Marc Prensky, un experto en la educación del futuro. Quizás su punto de vista nos ayuda a ver las cosas de una forma más positiva y nos hace perder el miedo ante esta incontrolable “invasión” de la mente de nuestros hijos: ‘No me molestes mamá, estoy aprendiendo’.

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